A orillas del río Orinoco

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Llegamos a eso del medio día, abrazados por un sol resplandeciente… El aire no corría, tampoco las personas, es como si el tiempo se hubiera detenido nostálgico de momentos y personajes de otra época, allí donde el mundo se vive a otro ritmo, el ritmo apacible de un pueblo que se esconde del app de moda, el ritmo de la vida que fluye  espontánea, donde cada día trae su afán.

Habíamos planeado este viaje con la ilusión de regresar al río, a las raíces, la ilusión de olvidarnos por un rato de la selva de cemento e internarnos en la misteriosa y auténtica manigua. Hacía unos años habíamos salido con Julio, sabíamos con certeza que la diversión estaba garantizada.

Una camioneta 4×4 nos dió la vuelta por el pueblo, increíblemente ese “pueblo” llamado Puerto Carreño es Capital de un departamento altivo y poco contaminado de ciudad, que se resiste al progreso, cansado de esperar un milagro político, sobrevive apelmdía a día con “lo que hay”.

Se respira la alegría típica de los pueblos, se ven pasar las caras de los habitantes agobiadas por un calor que parece derretir el pavimimento, mientras en una esquina aparece de repente una maquinita de raspao que invita a refrescarse con hielo pintado de rojo y naranja. Me encantan los pueblos con sus ventorrillos al aire libre, engallados con prendas de todos los sabores y vestidos adornados con flores de mil colores, artesanía local 100% hecha a mano, tejida y trenzada por indígenas de la región o su descendencia, pasando de mano en mano el legado de su arte; Los pueblos me recuerdan mi lejana adolescencia.

Solo unos segundos desde la ventana del carro y luego de recoger los kayacs nos encontramos internándonos en la selva, escuchando historias locales del señor conductor, mientras se observa una gran planicie azotada por la sequía del verano… Finalmente ahí estamos comiéndonos un delicioso tamal, pareciera que los moscos y mosquitos tienen  la firme intensión de devorarnos con tamal y todo, así que aligeramos el almuerzo y nos lanzamos al río.

“El momento que más da miedo, es siempre justo antes de empezar”

Stephen King

                                                                                                                                          

Zarpamos tres parejas, esposos, amantes, amigos, cómplices, valientes que se atreven a explorar su propio ser por medio de la aventura; era la segunda vez que remábamos, la primera había sido hace algunos años en el Chocó, solo un juego de exploración y nada más; pero ahora era diferente, sabíamos que la expedición duraba una semana entera “remando”.

Primer día remando, podría decir que no fue fallido, solo por el hecho de llegar al destino establecido, pero podría decir ahora que tuve la misma sensación que me abrazó al día siguiente de mi matrimonio, sin saber que decir, sin saber que hacer, con la misma certeza de ese momento, la aventura apenas comienza.

“Lo último que uno sabe, es por donde empezar”

Blaise Pascal

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Saltamos temprano de la carpa aún de noche, no porque tengamos el hábito de madrugar, más bien apostándole a la promesa de un amanecer que habíamos reservado la tarde anterior en la cima de un Tepuy Cerano. Salimos en manada a conquistar la montaña de piedra, emocionados escalamos rápidamente, alistando con astucia las cámaras y los lentes, pero el cielo no estaba coqueto y el sol nos miró tímidamente a través de las nubes, evitando la sesión fotográfica que con tanto esmero planeamos. Atraídos por el loro del café regresamos al campamento, con una nueva historia en el fondo de la mochila, sin traumas, sin reclamos, solo regresamos para continuar.

Otra vez remando en medio del río, las mismas parejas conquistando la selva virgen, las parejas co-equiperas expertas y felices remando, mientras nosotros felices también tuvimos el placer de ver en ángulos de 360 grados, no lográbamos remar con ritmo. Intentamos todas las fórmulas, no solo ese día sino durante todo el paseo, al final lo único que había que hacer era fluir al ritmo de la majestuosidad del agua.

Este día, como todos los demás tuvimos el placer de disfrutar la naturaleza en su esencia, deleitamos nuestros oídos con el canto de las aves y el sonido del viento acariciando las copas de los árboles, una puesta en escena que nos acompañó hasta el último minuto de la exploración.

Nuevo Paraiso

Estar allí en medio de la selva aclara los pensamientos  y purifica el espíritu. Siempre he pensado que un viaje es en realidad la mejor forma de conectarse consigo mismo, mientras la vida sigue fluyendo, uno va cada vez más hacia dentro de sí mismo. 

Los días corrieron de prisa, en medio del sonido del río que nos llevó a su antojo entre pájaros, árboles, peces y otros animales salvajes… Cada noche trajo consigo una nueva historia, un nuevo amigo y mucha más vida tejida en el fondo de cada uno de nosotros.

Las noches fueron anunciadas por lunas color escarlata y el canto de las ranas. Las luciérnagas adornaban el techo de la carpa para estar a tono con un cielo completamente despejado en el que cada uno podía escoger una estrella.

El olor a selva es algo que se prende en el alma, viene a recordarnos de dónde venimos, le dicen “la maldición de la selva” yo prefiero llamarlo el origen de la vida. Traje en las maletas algo más que ese olor…. Traje de allí una conquista más, al final y después de siete días remando al lado del amor, lo pude ver, lo pude sentir, lo comprendí todo… La vida es exactamente como viene, no cómo uno espera que sea, se trata de experimentarlo con todos los sentidos, se trata de reír y llorar, y de rabiar cuando el espíritu lo necesita. Es justamente una aventura que vale la pena vivir.

Poco después regresamos al Kayak, tres meses más tarde en medio del inmenso y maravilloso Pacífico pudimos disfrutar de la fiesta de los pájaros, del mar alborotado, de cada remada, de Don Benito y su sabroso chontaduro…. Pudimos disfrutar el uno del otro como lo hacemos en la vida cotidiana, estábamos allí sonriendo a la vida, cada uno con la versión más genuina de sí mismo, la que nos tiene hoy en este camino.

Al cómplice de aventuras, Gutti. 

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