Tierra de Incas, Tejidos y Cuzqueña. Aventuras Irresponsables #1

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Cuando decidimos hacer este viaje, llevaríamos más o menos cuatro años de casados. Ya en una temporada anterior habíamos tomado la decisión de conocer muy bien nuestro país, Colombia, pues la mayoría de las personas anhelan conocer a Mickey Mouse, antes de caminar por la Selva para recibir una aseguranza del Mamo Romualdo con la espectacular vista de la Sierra Nevada de Santa, Marta o contemplar el amanecer mientras te leen el café las indias Wayuú en la desértica Guajira.

Así fue como, después de haber conocido el punto más al norte de las bellas tierras colombianas, nos lanzamos con toda nuestra alma aventurera a recorrer las montañas que conducían a la imponente Macchu Pichu.

Investigamos, planeamos, preguntamos y viajamos; acciones más, acciones menos, esa fue la bitácora de viaje. Debo confesar que nunca antes en mi vida, había salido del país, lo que sumaba a esta aventura, un componente de excitación y curiosidad, que rebosaba las expectativas de todo lo que iba a descubrir durante el viaje. Erróneamente uno cree que va a ver muchas cosas, que solo va a ver muchas cosas. Sin embargo va a experimentar muchas más cosas de las que el ojo humano pueda procesar, va a sentir más allá de los sentidos.

El solo hecho de llegar a un país extraño, se convierte en toda una aventura, y más para una persona como yo, que si bien era habitante Bogotana hacía más de diez años, nunca antes había estado inmersa en otra cultura.

“No sufra Amiguita”

Solemos acostumbrarnos a los lenguajes que se hablan en nuestro medio, solemos tener costumbres, hábitos o mañas; y en medio de este mar de señales, actuamos automáticamente en cualquier situación. Una de las cosas que más recuerdo es haber cargado mi maleta al hombro, más o menos 23 kilos. La llevaba dentro de una tula para protegerla del mugre y de las requisas. Saliendo del aeropuerto de Lima, se me acerco una persona con uniforme y un carrito, de esos de cargar las maletas. Por supuesto me aparté hacia atrás, ante lo cual el hombre me dijo: “No sufra amiguita” ofreciéndome el carro con una sonrisa. Uno educado en esta cultura latina y obstinada, solo le queda negarse rotundamente. No lo hacemos de malos, es lo que aprendimos. Entonces el señor me bajó la maleta del hombro y se despidió amablemente.

El carro no tenía ningún costo, como tampoco la amabilidad del señor. Cosa bastante particular, para un colombiano acostumbrado a pagar cada minuto en el aeropuerto internacional el dorado.

“Qué pasa amiguita?”

Al día siguiente madrugamos a tomar el avión a Cuzco, nuevamente en el aeropuerto tuvimos que pasar por el control de salida. Una vez atravesé la puerta, me ubiqué frente a la guarda, subí mis brazos y me paré en posición de requisa. Todavía recuerdo la cara de la mujer peruana. Me miró con ojos grandes y me dijo:

  • Qué pasa amiguita?
  • Nada dije yo, controlando la situación.
  • Sigue Sigue…
  • Es que en mi país……… se me acabaron las palabras.

Claro acá te revisan hasta para subirte al transmilenio. Como cambian las cosas, como es estar en medio de un lenguaje al que no estás acostumbrado. Cómo estamos de prevenidos en nuestra querida Colombia.

Pero esto es apenas el comienzo de una de las aventuras más espirituales que haya tenido el placer de vivir.

Todo, absolutamente todo en Perú me estaba gustando. La gente, la forma como me acogieron, lo que veía, lo que oía, lo que comía y especialmente la combinación Cuzqueña+Papitas Fritas. Después de tres días en cuzco con la agradable compañía de Don Huguito, ya parecía más Peruana que Colombiana. Llegaba con confianza al amarú, nuestra oficina temporal, disfrutando del bar, la música y la comida. Negociaba con propiedad las dólares por soles y cada artesanía que iba a comprar. Por cierto, fueron muchos tejidos y chucherías las que cargué durante nuestra estadía, hasta el regreso a casa.

Todo era como estar en la primavera, todo florecía, todo estaba lleno de colores y vida.

“Lo tengo en la cabeza”

Cuando mis manos recordaban el tejido y anhelaban la fusión de ese hábito en mi vida, corría tras cualquier indicio, cualquier maestro o maestra, cualquier sabio que entrelazara hilos con sus manos.

Deslumbrada me quedé mirando a la india, tendida en un anden con su traje típico, sin ninguna pretensión, ella no levantó la vista. Concentrada en su tarea, tejía yen chuyo (gorro típico, tejido en lana natural). Mis ojos se abrían como el sol se levanta en la mañana, una extraña sensación imantada me empujó a lo inevitables.

Me acerqué con cautela, para no interrumpirla, observé con calma y cuando sus ojos se encontraron con los míos, comencé a desbordar toda mi curiosidad. Cómo lo hace? Desde hace cuanto teje? Que cosa más hermosa. Cada vez que la escuchaba sentía un deseo infinito de tomar una aguja y un hilo entre mis dedos.

Después de un breve intercambio de palabras, me atrevía a preguntar como tejía esas figuras tan complejas?, para mí era increíble así como lo eran las indias Wayuú y sus inigualables diseños. En la cabeza, lo tengo desde chiquita.

  • Increíble, que maestra. Que Dios siempre bendiga sus manos y su corazón.

En esa época para tejer una mochila Wayuú, yo debía trazar un patrón en una cuadrícula, contar los puntos, colorear e ir siguiendo el diseño. Afortunadamente la práctica hace el maestro y algo debió transmitirme esa hermosa mujer ese día. Quizá vio mis desmedidas ganas, quizá se compadeció de mi, quizá solo le dio la gana de regalarme un poquito, solo un poquito de su sabiduría.

Gracias a esa tejedora, hoy también tejo primero los diseños en mi cabeza.

Gracias, Gracias, Gracias.

En ruinas por primera vez

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sacsayhuaman y el valle sagrado. Noviembre 2008

Extasiada en medio de las ruinas de Sacsayhuaman, escuchando la historia, re-descubriendo lo que sabía hace muchos años atrás. Siempre fuimos presa de los saqueos, los robos y la violencia a mano armada. No se extrañen, ni griten a los cuatro vientos que esos indios suramericanos tan agresivos que son. Somos como somos, porque tuvimos que defendernos, lo hicimos como pudimos y como vimos que lo hacían los agresores. Somos el resultado de la frase, la violencia trae más violencia.

Aún así, seguía extasiada con cada piedra, con cada detalle de la arquitectura inca, con cada relato acerca de las costumbres y tradiciones. Apenas estaba comenzando la expedición, y desde ya sonaba muy emocionante. Recorrimos las calles de Cuzco una y otra vez, descubrimos ruinas más allá y más acá del valle sagrado,exploramos con curiosidad cada cosa que nos llamó la atención hasta que llegó el día de partir.

“Caminante no hay camino, se hace camino al andar”…

Esta frase le escogí como la bandera de nuestras exploraciones, al menos de mis exploraciones, frase de la canción favorita de mi infancia, del tributo que hizo Joan Manuel Serrat a ese gran poeta que es Antonio Machado. Canción que seguramente marcó mi vida y me sedujo a la aventura más allá de lo convencional.

Porteadores. Oyantaytambo.

Porteadores. Oyantaytambo. 2008

Don Huguito nos había explicado muy bien el recorrido y lo que encontraríamos al cuarto día de caminar. Él se tomó la molestia de revisar nuestro equipo, sugerirnos algunos cambios y orientarnos para que los días en medio de la montaña los disfrutáramos al máximo.

Salimos tres amigos de Colombia, Mi esposo, nuestro amigo Betico y yo, tres aventureros con ganas de conocer. Los mismos que partimos desde Oyantaytambo montaña arriba.

Nos recibió un camino lleno de flores coloridas, adornando tumbas, flores producto de la naturaleza y flores producto de las manos artesanas, flores honrando a los muertos.

Macchu Pichu se descubre al final de toda una experiencia de caminantes, Macchu Pichu se siente, como sentir la lluvia cuando cae sobre la piel y a su paso, se lleva todo lo que se tiene que llevar.

La montaña se conquista, como el coqueteo previo al amor. Como seducir a una mujer o a un hombre, hay que caminar muchos kilómetros para ganarse una mirada al amanecer.

Tres amantes de la aventura quisieron intentarlo, aferrados el uno al otro y cada uno a sí mismo, cada uno con su maleta llena de motivos y un sueño que los unía.

Cuando uno se interna en la selva, la montaña o el rio, descubre mucho más que lo esencial, es como si se abriera un mundo dentro y vieras pasar las memorias, frases y deseos; es como si uno comenzara por fin a hablarse y sobre todo a escucharse.

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Mi esposo, dando ejemplo a 5100 metros sobre el nivel del mar. Inda Trail. 2008

Curiosamente para escucharse no se necesita agudizar los oídos, más bien es necesario escuchar al  silencio y practicar estar con uno mismo.

La cosa es que la primera vez siempre es la más especial, o al menos depende de como uno lo vea. Para una chica común, yo,  comenzando su vida de aventuras viajeras, fue mágico, una de las experiencias más valiosas para abrir mi mente y mi espíritu.

Hablaría por mi esposo y por Betico, pero no tengo la más mínima idea de lo que cruzaba por sus mentes. Yo solo puedo hablar por mí, lo que sentí, lo que vi, lo que experimenté en ese mágico viaje.

Cuatro, ha sido mi numero favorito desde que era una niñita, cuatro fue el número con el que me gané mi primera rifa, cuatro fue mi familia hasta que hice rancho aparte, cuatro somos ahora una familia nueva y cuatro fueron los días que caminamos para ver una amanecer increíble.

Cuatro días desconectados de la mundana civilización, recibiendo el amor y la generosidad de la gente local, días en que uno sobrepasaba sus propios límites y se repite mil veces que lo va a conseguir.

Recorrer la montaña no es fácil, más allá de los retos físicos, recorrer la montaña requiere un estado de conexión con el alma, un estado que la montaña te ayuda a encontrar a medida que avanzas en el camino, un estado que te permite ser, libre de prejuicios, solo ser.

Podría escribir un libro completo con los miles de pensamientos y auto-agresiones que experimenté por esos días, un libro de porqués y uno de justificaciones, pero esto no se trata de eso. La invitación (Como dicen los motivadores), es a que cada uno encuentre su propia montaña y pueda recorrerla en la mejor compañía del universo, ustedes mismos.

Después de los famosos cuatro días, por fin llegamos al tan Anhelado Macchu Pichu, llenos de expectativa nos levantamos a tientas y corrimos animosos al encuentro del amanecer. Nos paramos como Dioses, como todos unos Incas en la bien llamada “Puerta del Sol” Abrimos muy bien los ojos y los sentidos, preparándonos para el espectáculo que estaba destinado para nosotros ese día.

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Los tres, en la Puerta del Sol. 2008

Fuero alrededor de 2 minutos, no más. Las nubes se abrieron para dar paso a la imponente construcción de piedra, algo que mis ojos y los de mis compañeros no podían creer. Lo sé porque todos lo dijimos, lo comentamos, lo alabamos. Dos minutos de gloria, dos minutos en los que uno puede tocar a Dios.

Siempre hay algo más allá del horizonte.

Los seres humanos somos muy simpáticos, nos trazamos metas en la vida, nos preparamos, estudiamos, trabajamos duro por ellas y cuando ya la hemos conseguido, tenemos una nueva meta. Esta vez más alto, más arriba, más retadora. Como si no tuviéramos derecho a disfrutar de ese gran logro.

Bajamos de la montaña aturdidos de tanta magia, embelesados con tanta belleza, no quisimos mirar las tristes ruinas que nos ofrecía el camino de regreso. Ya habíamos vivido la experiencia maestra. Ahora teníamos por recorrer los mercados, las tradiciones, la gente, lo más maravilloso del Perú no es Macchu Picchu, lo más maravilloso del Perú, son los peruanos.

Recorrimos las calles, nos untamos de todo cuanto pudimos, comimos los platos típicos, por supuesto acompañados siempre de una fría cuzqueña, anhelando que el sabor de ese líquido de los dioses se quedara por siempre en nuestros paladares. Cosa que por cierto, creo que logramos.

Conocimos personas increíbles, fuimos a una misa típica y nos santigüemos mientras el sacerdote nos bendecía y el papá de don Huguito tocaba el piano. Derrochamos más que dinero, felicidad de compartir en esa tierra tan especial y regresamos a nuestra patria querida, con una nueva aventura, pero mejor aun con muchos más caminos y proyectos por recorrer. Con muchos más viajes por hacer realidad.

Nos prometimos volver, sin saber que realmente volveríamos, porque en ese viaje también tejímos como los indios, tejimos hilos de amistad que perdurarán para siempre.

Amo el Perú y la razón es simple, me recibieron con amor, cuando estaba lejos de casa.

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El asombroso Macchu Picchu. 2008

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