La cocina de Amelita. Aventuras Irresponsables #3

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Esta historia empieza en el Lago Titicaca (Perú) y termina el Hierve el Agua (Mexico). Dos cocinas, dos mujeres que entregan su amor en cada bocado; ellas sin conocerse alimentan el alma de los viajeros, entregándoles de nuevo energía para seguir explorando caminos.

Era un día nublado, llegamos en barca hacia las 3 pm. El sol se había escondido, dando espacio a nubes negras que amenazaban con enviar agua fresca a la tierra.

Luego de instalarnos en la casa del Presidente de la Isla, tomamos rumbo hacia el cerro de Pacha Tata, un lugar arriba de la montaña lleno de magia y buena energía. Subimos la no tan alta montaña, nos recargamos, rezamos cada uno sus oraciones personales y nos enfilamos al decenso, listos para descanzar despues de un largo día de viaje.

Para nuestra sorpresa, en un instante nos envolvió el aguacero más próspero y descoyante. Así fue como en menos de un minuto nos encontramos envueltos en agua y frío.

Al llegar a casa encontramos a Amelia, la hija del presidente, justo al lado del fogón caliente. Ella nos cobijó con su calor y secó nuestra ropa, mientras me enseñaba los trucos de su reanimadora sopa de verduras.

Un poco de quinua, una pisca de orégano y la tapas antes de servir. Fueron las ultimas indicaciones antes de revivirnos con un plato de sopa caliente, que sin duda alguna, sabía a amor puro. Ese es el verdadero secreto de su sazón, con ello alimentaba el alma de quienes visitaban su cocina.

PERU EXTREMO 114

Amelita y yo, luego del baile tradicional.

La sopa de Amelita logró darme energía para asistir al baile tradicional esa noche. Me vistieron con su traje típico y me arrastraron loma abajo a la fiesta. Tuve el gran placer de conversar durante horas con mi nueva amiga.

Ella quería estudiar piscología, que paradójico. Quería salir de la isla y conocer el mundo, quería ser algo más que la hija del presidente, justo como yo lo hice a mis dieciseís años. Me lleve su recuerdo y el sabor de sus manos en el alma, le pedí a todos mis ángeles para que la guiaran y entonces ella pudiese cumplir sus metas. Es lo que todos nos merecemos.

Cada vez que preparo en mi propia cocina la Sopa de Verduras, ahora llamada Sopa “Amelita”, recuerdo el amor con el que nos recibió, la dulsura con la que nos habló y su infinto orgullo al tenernos sentados en su mesa.

Esa mirada que decía más que las palabras, la misma que reconocí hace un mes en otra cocina, a miles de kilómetros del Titicaca. Esa mirada que reconocí en otra Amelita, en otro lugar, esa mirada de amor y sencillez.

Habiamos recorrido 60 km en nuestras bicicletas, disfrutando de los diferentes paisajes que ofrece el desierto en Oaxaca. Antes de llegar la hora feliz del almuerzo visitamos el taller de doña Florencia y su familia, lleno de colores, tejidos y esa unión familiar que tiene la gente sencilla. Allí nos enseñaron el arte de tinturar la lana con las cosas que la naturaleza brinda y como ellos transformaban un simple hilo en una  obra de arte tejida.

Cuando por fin asomamos a la cocina de Amelita Mexicana, nos encontramos sedientos y hambrientos. Sin más preámbulo, ella nos invitó a sentarnos a su mesa, al lado de su mágico comal.

Una mujer de esas que vive la vida sin afanes, una mujer que no se queja de lo que se le otorgó hacer en este mundo, una mujer que evidentemente disfruta su espacio y lo llena con su buena energía.

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Amelita Oaxaqueña y sus Memelitas.

Amelita llena de orgullo por tenernos en su casa, se sentó tranquilamente a preparar las tortillas, enchiladas, memelitas y otras delicias; todo para que los viajeros nos sintieramos satisfechos con sus manjares.

Ella hablaba tranquilamente de la vida, los hijos y la forma de vida en su pueblo, mientras sus manos danzaban sobre el comal y nosotros escuchabamos atentos con la buena compañía de otros viajeros y una cerveza.

No pudimos evitar bombardearla con preguntas gastronómicas, e incluso ir a su lado, pretendiendo, tal vez, que su sabiduría se nos prendiera como por ósmosis. Amelita con tranquilidad y paciencia nos eplicaba cada cosa, también con una calma infinita, como si nadie pudiera sacarla de su estado de trance mientras cocinaba.

Efectivamente saboreamos la sabiduría de esta increíble mujer, lo que ella nos ofreció fue mucho más que la sazón de sus manos, lo que ella nos sirvió a la mesa fue un pedacito de su corazón, quizá el condimiento más importante como dicen las frases clichesudas. El amor, definitivamente, hace que las cosas sepan inigualablemente exquisitas.

Comimos y bebimos, tuvimos un almuerzo de los que nutren el alma y de los que te llevas guardado en los recuerdos del corazón. Nos sentamos en su mesa, nos robamos sus secretos culinarios y nos sentimos más importantes que si hubiesemos almorzado en algún palacio presidencial.

De eso se trata, de experiencias con la gente, de compartir con personas reales, genuinas y generosas. Amelitas de mi corazón, nunca olvidaré que un día, en momentos diferentes, las dos me iluminaron con su mirada única, nunca olvidaré que en el Perú y en México me sentí en casa gracias a su amor.

 

 

 

 

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